Dios siempre responde... incluso cuando calla.
De hecho, Dios no calla nunca. Siempre está en diálogo con nosotros. El problema está en que, por desgracia, ese diálogo no llega a establecerse como tal porque la mayor parte de las veces sólo Él quiere comunicarse. No nosotros. Inmersos en lo material de cada día, no le prestamos oído. Nuestro nivel de confianza, de abandono, de relación con Dios es tan pobre, que no conseguimos establecer el vínculo necesario para que su voz (o su silencio, igualmente respuesta) resuene en nuestra alma. La factura del frigorífico, la escuela de los niños,el cotidiano trabajo ... preocupaciones constantes que llenan el tiempo de nuestra vida. Es lógico que sea así. No es ningún pecado pensar en ello. Más bien todo lo contrario, debemos velar por la felicidad de aquellos que nos rodean. Y cualquier ser humano por aquellos que se cruzan en su camino cada día. Repito: es lógico que sea así... pero NO SOLO ASI.
Descuidamos la otra parte de nuestra existencia, la espiritual, que tiene que evidenciarse un día como la principal. Jesús recrimina a Marta el cuidado fuera de lugar que en aquel momento en que Él está en la casa ésta pone en las cosas materiales, y alaba a su hermana María por que, ella sí, sabe discernir donde está lo importante de aquel momento -escucharle a Él-: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada." (Lc. 10, 41-42).
Y es que al fin de nuestros días sólo tendrá importancia nuestra dimensión espiritual, no las cosas materiales que habremos abandonado en la tierra: bienes, dinero, poder, placeres.... y que tanto tiempo y dedicación supusieron.
¡Y, sin embargo, a pesar de nuestro alejamiento de Él, a pesar de lo poco que le tenemos presente en nuestras vidas, le pedimos "cuando truena" que nos saque de los apuros!. Y, encima, nos quejamos si nos parece que no respondió. Creemos que ya que se lo pedimos y que somos sus hijos nos tiene que conceder siempre lo que le solicitemos, olvidándonos de que los padres (los buenos padres) no siempre dicen "sí" a los ruegos de sus hijos.
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